




Continuas subidas y bajadas. Deseando salir del maldito vagón a medida que baja a esa velocidad de infarto, disfrutando del paisaje una vez que subes, admirando las vistas a tu alrededor desde lo más alto.
Sin embargo, una vez que estás arriba, feliz por haber llegado sana y salva hasta allí, es inevitable pensar que en breve sucederá la bajada. Porque es así, porque nos da una de cal y otra de arena, porque su recorrido es una sucesión de cuestas unas hacia arriba, otras hacia abajo.
Así veo la vida, o al menos así veo ahora la mía. Durante un tiempo disfruté de lo que parecía un paseo en la Noria, igualmente subes y bajas, pero todo es más suave y en cierto modo es agradable (ojo, siempre que no se tenga miedo a las alturas) Pero desde hace ya siete años, tras una serie de acontecimientos que ocurrieron en mi vida, enlazados unos con otros...no puedo evitar pensar que de la Noria he pasado a la Montaña Rusa, ocurre todo tan rápido, son tan fuertes las emociones. Echando la vista atrás siento un vértigo incomparable. Los buenos momentos son muy buenos y los malos horribles.
Gracias al optimismo que heredé de mi abuela (a la que le debo mucho), me obligo a pensar que a pesar de todo este altibajo, a pesar de los malos momentos, merece la pena subirse en esta montaña e intentar disfrutar en la medida de lo posible de todo lo que pase. Lo bueno (las subidas) saber apreciarlo al máximo y lo malo (las bajadas) superarlo y afrontarlo de la mejor manera y lo más velozmente posible.
Tengo una premisa para mí misma: "De acuerdo estoy mal, pero sólo me permito y consiento estar así un día, a lo sumo dos. Los otros cinco toca subir" Y acabo rendida, pareciese que subo andando y tirando de todo el "vagón", pero a pesar de lo que cuesta, a pesar de los momentos de debilidad, la recompensa es mayor, lo que encuentras arriba es cada vez mejor.
(Gracias abuela)

